lunes 31 de marzo de 2008

Hacia Puerto Rico

Viajar a Puerto Rico es el sueño para muchos dominicanos. Los que tenemos el privilegio de poder hacerlo lo vemos como algo natural y cotidiano, pero es importante recordar que muchos dan la vida por lograrlo, lanzándose al mar en frágiles yolas, durando varios días en altamar, hasta llegar, con algo de suerte, a la vecina isla sin ser descubiertos. Lo cómico es que los dominicanos ilegales, como todos los ilegales del mundo, aceptan el trabajo y las condiciones que los locales no quieren realizar, y cumplen actividades que no harían ni muertos en nuestro país de origen, pues aquí se los dejamos a nuestros propios ilegales.

Al preparar mi más reciente viaje a nuestra vecina isla me percaté que sólo una línea aérea viaja directamente hasta allá (American Airlines), y que los precios de los pasajes son absurdamente altos. En este escenario, me decidí, junto a parte de mi familia, a probar una alternativa que nos sonaba por la radio hacía ya varios meses y que representaba un tercio del precio de hacer el viaje por avión: Ferries del Caribe.

El viaje en Ferries es viable para aquellos que no tienen prisa en llegar y volver, pues la travesía inicia en el área de migración dominicana a eso de las 4:30 p.m. y termina como a las 12:00 p.m. del día siguiente, al salir del área de migración estadounidense. Hay que ir con paciencia pues los procesos de embarque y desembarque no son tan fluidos como los encontrados en los aeropuertos. Estoy convencido de que el cerebro de un ingeniero de procesos, o persona con similar capacitación, les haría mucho bien en mejorar el servicio.

Las atenciones en el barco son buenas, si se comparan con un hotel dos o tres estrellas. Hay muchas opciones, aunque cada una se paga adicional, lo cual es un éxito para los dueños del servicio. Sin embargo, si uno anda en búsqueda del ahorro, difícilmente entre a un cine (de no muy buena calidad) a US$3.oo por persona, ni cene en el restaurante a la carta, ni se hospede en las habitaciones del piso ocho y nueve. Las actividades abiertas al público no son la gran cosa, pero entretienen, y para los que no queremos el escándalo podemos sentarnos en la cubierta y disfrutar de la noche, el mar, la oscuridad, la luna y las estrellas. El viaje en sí me resultó placentero, aunque a muchas personas les marea estar en un barco.

¿Qué me sorprendió? La amplitud del mar, especialmente de noche, donde no puede verse nada más que las estrellas y el reflejo de las propias luces en el agua. Es increíble pensar que el Almirante Cristóbal Colón navegó todo un océano guiado sólo por las estrellas. Cuando uno lo ve en perspectiva descubre el gran valor, o las pocas opciones, que tienen las personas que se aventuran a realizar la travesía en yola… es mucho más difícil que como lo hizo el Almirante Colón, pues al menos a él nadie le perseguía.

Este es un momento que hace a uno recordar la famosa película Titanic. Creo que todos los pasajeros contamos, más de una vez, cuántos botes salvavidas habían en el barco, así como la capacidad de cada uno de ellos. Hasta el momento no sé cuantas almas llevaba el barco, pero conté nueve botes para 85 personas cada uno, y cerca de igual número de balsas inflables. Es evidente que hemos aprendido a precaver, aun en travesías tan cortas.

Llegar a Puerto Rico en el Ferries es excitante. Se puede ver, en la cara de todos los pasajeros, un entusiasmo que contagia. Niños y adultos parecen rebosar de alegría. Para muchos, es aquí donde empieza el viaje. Lo primero que se nota, antes de que salga el sol, es el faro de la isla Mona. A cualquiera se le acelera el corazón y piensa que, por fin, el viaje ha terminado. Pero así mismo como se acerca el faro, se aleja, y uno no sabe cuándo llegará.

De pronto, a lo lejos, empieza el sol a subir, y se descubre que sus rayos ocultan montañas, invisibles a nuestros ojos, pero que al cubrir parte del astro rey nos hace conscientes de que estamos cerca. Las aves nos acompañan ahora… aunque uno duda de si las seguimos a ellas o son ellas quienes nos siguen a nosotros. ¿Vamos por buen camino? Confiamos en el Capitán del barco y disfrutamos la cálida brisa del Caribe que nos refresca la cara. El sol sube, nos calienta el alma… ¿Dónde andará el Capitán Turner? ¿Regresará tal como ha prometido? ¿Vivirá todavía la gente aquellas promesas de amor? Es un momento de calma en el cual pensamos en lo que dejamos atrás y lo que viene adelante. Llegar a una tierra tan soñada debe sentirse como un antes y un después, en una vida tan corta.

Los sueños pueden hacerse realidad… es seguro que esta es una tierra de oportunidades. ¿Cómo es que no logramos transformar nuestra realidad para lograr nuestros sueños en nuestra propia tierra? ¿Es que es el destino de cada ser humano cambiar su propia vida en suelo ajeno? Parece que eso enseña la historia. Mientras, nos aventuramos a nuevas vivencias, con la esperanza en la frente, mientras exclamamos: ¡llegamos a Puerto Rico!

Todas las fotografías tomadas con una Nikon D80 con lente Nikon DX AF-S Nikkor 18-55mm (27-82.5mm equiv.) f/3.5-5.6G VR. La primera a 48mm, f/4.8 por 1/2 sec. a ISO 1600; la segunda a 27mm, f/3.5 por 1/8 sec. a ISO 1600; la tercera a 33mm, f/20 por 1/60 sec. a ISO 200; la cuarta a 82mm, f/22 por 1/125 sec. a ISO 100 (con un poco de crop) y; la quinta a 48mm, f/6.3 por 1/160 sec. a ISO 100.

miércoles 26 de marzo de 2008

Plaza de la Bandera

Visitar los monumentos y símbolos que caracterizan a cada país o ciudad debe ser la actividad que con mayor frecuencia realizan los turistas. Los visitantes quieren conocer cada pedazo de historia y cada representación de la cultura. Les inquieta todo aquello que explica o describe cómo son los ciudadanos de un determinado lugar. Por esta razón las ciudades organizan recorridos donde exponen hasta el por qué de los colores, las formas, las figuras, las ubicaciones y el sentido de cada detalle de la ciudad, y esto genera beneficios económicos para las comunidades visitadas.

La Ciudad de Santo Domingo, catalogada como Primada de América, contiene numerosos símbolos y espacios que llaman la atención de los visitantes y de los propios ciudadanos. Sin embargo, no existe un sistema de visitas donde los interesados puedan conocer, y escuchar exposiciones, sobre los más emblemáticos puntos de la ciudad. Sería excelente contar con un sistema de trollies parecido a los que existen en las ciudades de Ponce, Puerto Rico.; Washington, DC; y San Francisco, CA.

Sin embargo, en Santo Domingo no tenemos nada organizado. Nuestros monumentos están olvidados, descuidados, sucios, desatendidos y mal planificados. Los turistas los encuentran y visitan en un ejercicio de ensayo y error… los dominicanos no los visitamos. Con esto nos perdemos de la riqueza cultural y económica que genera el turismo.

Un ejemplo reciente lo viví al visitar la Plaza de la Bandera para tomar unas fotografías de tan magno monumento (Independencia). Mi primera sorpresa fue que no existen parqueos para vehículos ni en la Plaza ni en la zona cercana, de modo que hay que dejar los vehículos en calles alejadas y trasladarse a pie hasta la Plaza. Tampoco hay facilidad para llegar a la Plaza a pie, pues como es una rotonda inmensa, los vehículos pasan muy rápido y no les dan paso a los peatones. Existen semáforos, es cierto, pero los pasos peatonales están ubicados estratégicamente para que siempre pasen vehículos en una dirección o en otra. El llegar a la Plaza es un total acto de celeridad, temeridad, valor e imprudencia.

¿Cómo es posible que un monumento tan vistoso, importante y significativo, como la Plaza de la Bandera Dominicana, no tenga facilidades para ser visitado? La Plaza tiene suficiente espacio como para hacer pequeñas zonas de parqueo, asegurando así las visitas y la seguridad de los visitantes. Este monumento es de todos los dominicanos, de modo que tenemos que exigir que nuestros representantes nos aseguren los mecanismos para visitarlo y disfrutarlo libres de riesgo.

Lo peor de todo es que el monumento está muy deteriorado. Hace poco los periódicos nacionales se hicieron eco de que la bandera que ondeaba estaba deteriorada. La bandera se cambió, pero las fuentes de toda la Plaza están inservibles; el mármol está estropeado y roto; hay basura, sucio y graffitis; el Fuego Eterno está apagado (igualito que el del Panteón Nacional); no está la guardia de honor rindiendo el merecido respeto a nuestra bandera. En fin, es un desastre y una vergüenza.

Lo único bueno que encontré en el lugar, además de la majestuosidad de la construcción, es que los jóvenes han hecho suyo el espacio: grupos de Scout (varones y hembras) van a tomar prácticas de marcha; los más activos montan patines, skateboard y bicicletas; y en un acto que para mí representa la eterna búsqueda de la libertad, a toda costa, algunos se suben por las escaleras del monumento, desafiando con esto el estado actual de cosas que nos tiene inconforme con el servicio que prestan nuestros representantes. ¿Cómo llegamos a un mejor país? Alcanzando nuestra bandera, diría un poeta.

Un aspecto es importante aclarar. No estoy en contra de que los jóvenes se hayan adueñado de la Plaza. El escenario visto en nuestra Plaza de la Bandera es el mismo que se vive en los monumentos a Washington, Lincoln y Roosevelt. ¡Que los jóvenes monten patines! ¡Que monten skateboard! ¡Que monten bicicleta! ¡Que corran en la Plaza! ¡Que encuentren su propio significado en este mundo tan insípido! Lo que está muy mal es que las autoridades dejen que se dañen los pisos y paredes, que se llene de basura, que sea todo un riesgo el acceso y que la Llama Eterna esté apagada.

En mis próximos escritos les contaré sobre mis recientes visitas a espacios ubicados en nuestra vecina isla de Puerto Rico. Podrán observar cómo las cosas funcionan en ese país a favor de los ciudadanos, y que aun los dominicanos residentes allá cumplen las reglas, siguen las normas y se logra un bien común. Nosotros somos una isla más grande, con más recursos naturales, más razones para construir monumentos y rendir homenajes… en fin, nuestros hermanos boricuas no son mejores que nosotros, pero el desorden en que estamos acostumbrados a vivir nos coloca en el tercer mundo, mientras ellos viven en el primero. Es obvio que nuestros adultos, pasados y presentes, no han hecho las cosas bien. ¿Qué se necesita para que la calidad de los dominicanos sea decente? ¿Una anexión a un país desarrollado? Si es así, ¡pues adelante! Estaremos salvando vidas que mueren a diario en nuestro subdesarrollo. Si esa no es la salida, pues que los mofados nacionalistas nos ofrezcan soluciones reales a nuestros tan históricos y vergonzantes problemas.

Las fotografías fueron tomadas con una Kodak Dx7440. La primera a 132mm, f/5.6 por 1/750 sec. a ISO 80; la segunda a 89mm, f/5.6 por 1/750 sec. a ISO 80; la tercera a 33mm, f/5.6 por 1/180 sec. a ISO 100; la cuarta a 132mm, f/5.6 por 1/500 sec. a ISO 80; y la quinta a 73mm, f/4.8 por 1/500 sec. a ISO 200.

viernes 7 de marzo de 2008

Carnaval Vegano

El pasado 24 de febrero participé en el último Carnaval Vegano de este año 2008. Fue una experiencia extraordinaria, donde se mezcló lo mágico, lo eterno y lo vivo, en un ambiente de fiesta eterna y de emociones inolvidables.

Lo que más me gusta del Carnaval es la manera en como se funde lo dulce y lo amargo; lo blanco y lo negro; lo mundano y lo santo; lo tierno y lo áspero; la caricia y ¡el fuete! En nuestro país cada Carnaval es distinto, pero quizás ninguno es más internacional que el de La Vega.

Este Carnaval se llena de diablos, que son la atracción principal. Se la pasan correteando a los visitantes y, literalmente, dándoles vejigazos, con sus caras burlonas que nos transportan a un mundo de fantasía. Pero no todos son diablos. Muchos otros se tornan de disfraces muy coloridos y originales. Todos transmiten un mensaje, que ya sea de lejos o de cerca, expresan todas las emociones que pasan reprimidas el resto del año.

Ahora bien, no sólo los diablos se burlan de las personas. En el Carnaval los mortales nos burlamos de la muerte… de lucifer y del demonio. Es el momento en que nos enfrentamos, a cara pelá, a todas las reglas sociales, a todas las restricciones, a todos los inconvenientes, a todas las penas, para renacer triunfantes al final de la noche, venciendo a todos los diablos en su propio terreno. El Carnaval es el espacio para la liberación y para el alboroto; es el momento para la catarsis.

Este desfile Vegano se desarrolla en la Calle Padre Adolfo. La verdad, tal como ya muchos comentan, esta calle se hace estrecha para la cantidad de participantes que asisten. Lo bueno de esto es que se siente, casi en exceso, el contacto humano; lo malo es que se deslucen los conjuntos de diablos cojuelos, pues no pueden apreciarse por completo cuando salen de sus cuevas. Pareciera como si no les fuera posible abrirse paso a través de las personas y muchos pasan de ser las fieras encarnaciones de lo maligno, a un escuálido disfraz impotente.

Es importante que la Ciudad de La Vega analice este proceso, pues su Carnaval se ha hecho famoso e importante y atrae más gente cada vez. Pero si no tienen la capacidad para recibir a los visitantes, éstos se irán moviendo a los carnavales de otras ciudades y, con el tiempo, podrían ser éstas nuevas urbes más gloriosas.

¿Dónde se disfruta mejor el Carnaval de La Vega? Pues ¡en la calle! Algunos indican que las mejores fiestas se dan dentro de las cuevas. Aquí las personas abarrotan los espacios, disfrutan de la bebida, de la música, del baile y, en su momento, de los vejigazos de unos diablos, como Las Fieras, que salen sin control y se llevan todo a su paso... ¡Esto se acabó! gritan incesantemente. Al fin y al cabo es una fiesta y el ganador siempre es el ser humano.

Todas las fotos con una Nikon D80 con lente Nikon DX AF-S Nikkor 55-200mm f/4-5.6G VR. La primera a 127mm, f/4.5 por 1/80 sec. La segunda a 82mm, f/4 por 1/2500 sec. a ISO 1600. La tercera a 112mm, f/4.2 por 1/800 sec. a ISO 1600. La cuarta a 270mm, f/5.6 por 1/1000 sec. a ISO 1600. La quinta a 82mm, f/7.1 por 1/60 sec.